La guerra comenzó un lunes. El 21 de enero de 2008. A bordo de vehículos Hummer, y con fuerte artillería pesada.
Mas de 300 elementos del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales del
ejército mexicano, GAFE, se posicionaron en los alrededores de una
residencia ubicada en la colonia Burócratas, de Culiacán. Según la
Secretaría de la Defensa, una llamada anónima había indicado que el
menor de los hermanos Beltrán, Alfredo, alias El Mochomo.
Esperaba en ese domicilio un cargamento de dinero destinado a
solventar compromisos pendientes con sus socios colombianos. Según la
declaración de un narcotraficante conocido como El 19 —que se integró al
programa de testigos protegidos bajo la clave “Jennifer”
(PGR/SIEDO/UEIDCS/0241/2008).
El ejército había obtenido la ubicación de El Mochomo a través de
un militar que logró infiltrarse en su círculo cercano, y al que se
conocía como El Chamaco. “El Chamaco logró llamar al GAFE para informar
sobre la ubicación y las condiciones de baja seguridad”, relató
“Jennifer”.
Los militares tuvieron que posponer el operativo durante 10 horas,
porque detectaron a unos hombres en la azotea de la casa. Cerca de la
madrugada, el portón se abrió. Salió una camioneta BMW de color blanco,
con cuatro hombres a bordo. Los soldados de elite les cerraron el paso.
Los tripulantes se entregaron sin hacer un solo tiro. Dentro de la casa
había 900 mil dólares, 11 relojes finos, un AK-47 y ocho armas cortas.
Un corrido informó al día siguiente: “El Mochomo era el hombre de
confianza / que el cártel necesitaba / pero el 21 de enero su carrera le
cortaban”.
La noticia de la detención de Alfredo
Beltrán Leyva, uno de los cabecillas de la poderosa organización en ese
momento de los Beltrán Leyva que rivalizaba en poder de sus socios del
cártel de Sinaloa, dirigido por Joaquín El Chapo Guzmán e Ismael El Mayo
Zambada, fue presentada como el golpe más importante realizado hasta
entonces por el gobierno en la guerra contra el narco que Felipe
Calderón había decretado. En la Procuraduría General de la República, y
concretamente en la Subprocuraduría General de Investigación
Especializada en Delincuencia Organizada, SIEDO hoy SEIDO
(Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia
Organizada), provocó un terremoto. La célula dirigida por los hermanos
Héctor, Alfredo y Arturo Beltrán Leyva había vulnerado las estructuras
más altas de esa institución, a través de pagos mensuales de entre 150 y
450 mil dólares, según demostró luego la llamada Operación Limpieza:
funcionarios del mayor nivel de la SIEDO realizaban detenciones, cateos y
filtraciones, en beneficio del cártel.
FOTO/ El Mochomo durante su detención
Aquel día varios servidores
públicos se paseaban nerviosos. Habían recibido informes de que El
Mochomo iba a ser detenido, pero “en la SIEDO nada podían hacer para
evitarlo”. Esperaban que los operadores de Arturo Beltrán los llamaran a
cuentas.
Fueron llamados ese mismo día. Uno de los principales
lugartenientes del grupo, Sergio Villarreal, El Grande, se reunió con el
director de Inteligencia de la SIEDO, Fernando Rivera, así como con los
comandantes Milton Cilia y Roberto García. Según la declaración que
Rivera rindió poco después en calidad de testigo protegido, bajo la
clave “Moisés”, El Grande les dijo que Arturo Beltrán Leyva estaba
encabronado: “Quería saber a quién iba a matar. Todos recibían dinero de
él y nadie le avisó de la detención de su hermano”.
Los
funcionarios le explicaron que no habían trabajado ese asunto, “que era
un asunto del GAFE, del alto mando de la Sedena”. El Grande exigió la
lista de los militares que habían tomado parte en el operativo, así como
los “informes originales” de la detención. El director Rivera se
comprometió a obtenerlos. No sólo eso: de acuerdo con la declaración de
“Jennifer”, antes de las dos de la tarde había entregado los reportes
militares, el nombre del infiltrado que había proporcionado la
información a los GAFES, las copias completas de las declaraciones que
El Mochomo había rendido ante la SIEDO… y un croquis que señalaba el
sitio exacto en donde el capo se hallaba recluido.
Rivera informó
que “de las 11 de la noche en adelante ya no iban a estar presentes las
fuerzas especiales del ejército, y que sólo quedarían custodiando el
inmueble 11 agentes de la Agencia Federal de Investigaciones, AFI”. Le
dijo a El Grande que “con la entrega de un millón de pesos para los
AFIS, así como de tres millones que serían entregados a Fernando Rivera y
su gente, se lograría neutralizar al conjunto de guardia y permitir que
una camioneta blindada rompiera la reja de acceso a la SIEDO”.
El
Grande —relata la averiguación previa SIEDO/UET/6668/2008—, calculaba
reunir a unas 150 personas para realizar el asalto. Sin embargo, al
sopesar los riesgos, decidió cancelar la operación. Alfredo Beltrán
Leyva fue recluido en el penal de Puente Grande.
La captura de El
Mochomo provocó una escisión en el cártel de Sinaloa. Existe la versión
de que El Chapo negoció la captura del menor de los Beltrán, a cambio
de la liberación de su hijo, Iván Archivaldo Guzmán Salazar, alias El
Chapito, quien se hallaba recluido en el penal del Altiplano desde 2005:
a sólo tres meses de la caída de El Mochomo, El Chapito fue liberado.
Otra
versión señala que Arturo Beltrán se entrevistó con El Chapo Guzmán y
El Mayo Zambada para pedirles que le ayudaran a rescatar a su hermano.
Los jefes del cártel le pidieron tiempo, pero en una segunda reunión le
explicaron que “no había condiciones” para efectuar el rescate. El
Mochomo debía ser “sacrificado”.
Se cree que en el narcotráfico
las alianzas de sangre son indestructibles. El Mochomo estaba casado con
una prima de El Chapo. Arturo Beltrán, sin embargo, salió de aquella
reunión con la idea de que la alianza se había roto. A partir de ahora
iba a cobrar muerte por muerte, detención por detención. El Chapo y El
Mayo lo supieron. Quisieron adelantarse.
A fines de abril de
2008, el mismo mes en que El Chapito fue liberado, ocurrió una balacera
en la colonia Guadalupe, de Culiacán. Una casa, en la que presuntamente
se encontraba uno de los hijos de Arturo Beltrán, fue atacada por
elementos de la Policía Federal, apoyados por policías locales. Murieron
cinco escoltas y dos agentes ministeriales. Arturo Beltrán acusó a los
federales de servir de brazo armado a los intereses de El Chapo y ordenó
a su gente asesinar policías donde los encontraran. Hizo colocar
narcomantas en las que podía leerse: “Policías, soldados, para que les
quede claro, El Mochomo sigue pesando. Atte. Arturo Beltrán Leyva”. Y
también: “Soldaditos de plomo, federales de paja, aquí el territorio es
de Arturo Beltrán”.
Un día después de la balacera en la colonia
Guadalupe, cuatro agentes de la Policía Federal Preventiva, PFP,
murieron acribillados cuando patrullaban el centro de Culiacán. En
Imala, dos policías municipales fueron ejecutados. A lo largo de la
ciudad se verificaron ataques contra policías locales. La PFP concentró
800 agentes en la plaza de Sinaloa.
De ese modo terminó abril, el
mes en que se soltaron los demonios y comenzó el enfrentamiento que a
lo largo de 2008 dejó en la entidad un saldo de mil 156 ejecuciones.
La infiltración
El
7 de mayo de 2008 un retén de la Policía Federal fue instalado en el
kilómetro 95 de la Autopista del Sol. La PFP (Policía Federal
Preventiva, hoy simplemente Policía Federal PF) acababa de recibir una
información filtrada por El Mayo Zambada: un convoy en el que viajaba
Arturo Beltrán cruzaría en cualquier momento por aquel sitio. El
encargado de coordinar la captura fue el director regional de la PFP,
Édgar Eusebio Millán. El dato proporcionado por los Zambada resultó
bueno: cinco vehículos sospechosos salieron del Hotel Motel Rosales, en
donde Arturo Beltrán acababa de tener una reunión. Los agentes les
marcaron el alto. Los integrantes del convoy respondieron a tiros.
Inició una persecución que terminó en Xoxocotla, con varios autos
destrozados, la captura de nueve sicarios y dos agentes federales
muertos. La camioneta en que viajaba Arturo Beltrán logró evadir el
cerco: uno de sus escoltas impactó una patrulla para abrir paso a su
jefe.
El Mayo Zambada, sin embargo, había contemplado esa
posibilidad. Los datos que filtró a la PFP indicaban los domicilios del
estado de Morelos en los que Beltrán Leyva podría refugiarse. El
inspector de operaciones Édgar Enrique Bayardo, el funcionario que había
recibido la filtración —y operaba como contacto de El Mayo al interior
de la PFP—, se comunicó con el jefe antidrogas de la corporación,
Gerardo Garay, y le dijo: “Tenemos ubicados varios domicilios aquí en
Morelos. Estamos concentrados y listos para entrar”.
El jefe antidrogas lo detuvo en seco: “Paren todo. Regresen de inmediato a la ciudad de México”.
Cinco
meses antes, a través de una supuesta intercepción telefónica, el
director de Combate a la Delincuencia Organizada de la PFP, Roberto
Velasco, había ubicado a Beltrán en una mansión de la calle Escarcha, en
el Pedregal de San Ángel.
Velasco le comunicó al jefe
antidrogas: “La gente está colocada en puntos estratégicos”. Pidió luz
verde para poner en marcha la detención.
Pero Garay se negó a dar la orden: “Aguanten. Vamos a esperarnos para más adelante”.
De
acuerdo con la declaración ministerial de un testigo protegido, el
agente de la División Antidrogas, Fidel Hernández
(PGR/SIEDO/UEIDCS/359/2008), las indicaciones de Garay fueron criticadas
por su subalterno: “Pero jefe, tengo evidencia de que Arturo Beltrán se
encuentra aquí”.
Garay, sin embargo, insistió: “Desmonten el servicio”.
Édgar
Millán, el hombre que había dado caza a Arturo Beltrán en el camino a
Xoxocotla, fue ejecutado horas después de la persecución, cuando llegaba
a casa de sus padres en un edificio ubicado en la calle de Camelia, en
la colonia Guerrero. Aunque sólo un puñado de personas tenía acceso a
sus itinerarios, una filtración surgida de las mismas filas de la PFP, a
través del agente José Antonio Montes Garfias, puso en manos de Beltrán
la ubicación del sitio al que el jefe policiaco iba a dirigirse. La
orden fue fulminante: Millán debía ser eliminado...
El agente Montes Garfias abrió el
casillero del funcionario y sustrajo las llaves de la casa donde vivían
los padres de éste. Entregó un duplicado —así como 40 mil pesos y 75
gramos de cocaína— a un gatillero de baja monta, Alejandro Ramírez Báez,
quien integró un comando formado por cinco personas. Los sicarios
aguardaron a Millán en el garaje del edificio. Habían apagado las luces.
Cuando el jefe policiaco cruzó el portón, le metieron 11 tiros. (El
sicario Ramírez Báez fue sometido por los escoltas de Millán. De ese
modo se desanudaron los hilos de la trama.)
Una semana antes,
Roberto Velasco, el hombre que tendió el cerco de la calle Escarcha,
había sido asesinado en una calle de la colonia Irrigación. La verdadera
venganza de Arturo Beltrán llegó, sin embargo, 24 horas después de la
balacera en Xoxocotla. Sucedió del otro lado del país, el 8 de mayo de
2008, la noche en que cinco camionetas rodearon a Édgar Guzmán, otro de
los hijos de El Chapo, en el estacionamiento del City Club, un centro
comercial de Culiacán, Sinaloa.
En la ejecución se dispararon 500
tiros y se accionó un lanzagranadas. Las ráfagas destrozaron paredes,
vidrios y vehículos. Además del hijo de El Chapo, fueron abatidos un
sobrino del narcotraficante, César Loera, así como el hijo de una
lavadora de dinero a la que la DEA había bautizado como La Emperatriz.
Édgar Guzmán abatido FOTO: Noroeste
En Culiacán se desató la
psicosis. Los medios locales no se animaron a dar la noticia. Sólo lo
hicieron dos días después, atribuyendo la información a diarios y
agencias informativas de la ciudad de México. La sangre del hijo de El
Chapo seguía húmeda en el suelo, escribe un testigo, cuando corrió la
versión de que el jefe del cártel de Sinaloa había jurado borrar de la
faz de la tierra a los Beltrán: de la célula que dirigían no iba a
quedar piedra sobre piedra.
En menos de un mes, sin embargo, El
Chapo asimiló dos nuevos golpes. Filtraciones de los servicios de
inteligencia de los Beltrán ocasionaron la detención de uno de sus
primos, Alfonso Gutiérrez, tras una cruenta balacera en una colonia de
Culiacán, y de un sobrino, Isaí Martínez, en las inmediaciones de un
fraccionamiento de esa ciudad.
El asesinato del hijo de El Chapo
formaba parte de la misma embestida que provocó la muerte de los jefes
policiacos Millán y Velasco.
Millán, el comandante acribillado en
casa de sus padres, había sido el “cerebro” del secretario de Seguridad
Pública, Genaro García Luna, en las operaciones antinarco. Su muerte
ocasionó un cambio en la estructura de mando de la PFP. Genaro García
Luna colocó en su lugar, con el cargo de Comisionado, a un viejo amigo y
compañero del Cisen, con el que había colaborado estrechamente a su
paso por la extinta Agencia Federal de Investigación (AFI): Gerardo
Garay, el jefe antidrogas que en dos ocasiones había congelado los
operativos de captura de Beltrán Leyva.
Garay duró sólo unos
meses en el puesto. El 15 de octubre de 2008, una nueva filtración del
grupo de El Mayo, colocada en manos de su contacto, el inspector Édgar
Enrique Bayardo, movilizó a la Policía Federal. En una lujosa residencia
del Desierto de los Leones, en la que había un zoológico privado con
panteras, tigres siberianos y leones, iba a celebrarse una narcofiesta a
la que asistiría Mauricio Harold Poveda, el principal socio colombiano
de Arturo Beltrán.
En la declaración que rindió cuando se
descubrió que El Mayo Zambada le pagaba hasta 500 mil dólares por cada
enemigo detenido, el inspector Bayardo relató la forma en que se llevó a
cabo el operativo. El comisionado Garay dejó escapar a Harold Poveda,
pero detuvo al resto de los invitados. Luego, alineó a 30 prostitutas
contra la pared, seleccionó a cuatro, ordenó prender la caldera del
jacuzzi, pidió cocaína para las muchachas, invitó a uno de sus
subalternos a “darse un baño” y cerró la puerta de la sala.
“¡Ahora sí comenzó la fiesta!”, dijo.
Antes
de sumergirse en ella, el comisionado hizo que sus agentes obtuvieran
los domicilios de los colombianos detenidos y fueran a revolverlos en
busca de dinero. El narcotraficante Mauricio Fino, El Gaviota, se
ofreció a entregar 500 mil dólares que, dijo, tenía guardados en su
departamento. Bayardo fue el encargado de ir a recoger el dinero. Volvió
a la casa con las fajillas metidas en dos bolsas que tenían estampada
la figura de Winnie Pooh.
Según la declaración
PGR/SIEDO/359/2008, cuando Garay salió del jacuzzi, desvelado y con
aliento alcohólico, oyó ladrar a un bull dog que, estimaron los agentes,
“valía también un chingo de dinero”. El funcionario de la PFP solicitó:
“Pónganmelo para llevar”.
No existen datos sobre la forma en que
Arturo Beltrán Leyva registró el golpe asestado por El Mayo a sus
socios colombianos. Pero cinco días después de la narcofiesta, en la
partida de ajedrez que las filtraciones de ambos bandos desataban, una
llamada anónima llegó a la PGR. “En el domicilio ubicado en la calle
Wilfredo Massieu número 430, colonia Lindavista, hay varias personas
armadas y son narcotraficantes. Es gente de El Mayo Zambada y si van los
pueden detener”. A la una la tarde del 20 de octubre, la SIEDO rodeó la
casa y comprobó que en su interior se hallaban pertrechados el hermano
menor de El Mayo, Jesús El Rey Zambada, y un hijo de éste, Jesús Zambada
Reyes.
El Rey Zambada comprendió de inmediato que no tenía
salida. “Me voy a rifar”, dijo. Sus gatilleros abrieron fuego contra los
agentes. Mientras las balas estallaban, El Rey marcó insistentemente al
Unefón de su contacto, el inspector Bayardo. Quería que “su ahijado”,
como le decía, le enviara refuerzos. “Nos estamos agarrando a
chingadazos”, le dijo.
“Voy, padrino, voy”, contestó el
inspector. Pero no alcanzó a llegar. Ni a ese domicilio, ni a ninguna
parte. El número telefónico al que El Rey había marcado y las
declaraciones que luego rindió Jesús Zambada Reyes, pusieron fin a la
carrera de Bayardo. El inspector fue detenido cinco días más tarde y se
acogió al programa de testigos protegidos. Sus declaraciones implicaron
en la venta de protección al narcotráfico a los mandos principales de la
Secretaría de Seguridad Pública, así como al círculo cercano al
secretario García Luna. Entre otros funcionarios cayeron el comisionado
Gerardo Garay, el jefe de Operaciones Especiales, Francisco Navarro, y
el director de Análisis Táctico, Jorge Cruz.
Jesús El Rey Zambada durante su presentación a medios en la PGR
Como
había ocurrido con la SIEDO, eran narcotraficantes los que filtraban
informes y ordenaban capturas. Eran narcotraficantes los que tenían
mando pleno al interior de la PFP.
El comisionado Garay fue
acusado de servir a dos amos: al cártel de los Beltrán y al grupo de El
Mayo Zambada. Un juez le decretó formal prisión en octubre de 2008.
Antes
de ser asesinado un año más tarde en un Starbucks de la ciudad de
México, el inspector Bayardo reveló las bases del acuerdo: recibir
filtraciones, practicar intervenciones telefónicas, permitir que los
operadores de los cárteles interrogaran a los enemigos capturados y,
luego, presentar las detenciones “como logros de la PFP”.
El megacártel
En
1997, el ex chofer del general José Gutiérrez Rebollo, Juan Galván
Lara, mencionó por primera vez en un expediente a los hermanos Beltrán
Leyva (PGR/UEDO/226/97). Eran oriundos de Badiraguato, Sinaloa, y
formaban parte “de las 11 gentes” que trabajaban de cerca con El Señor
de los Cielos, Amado Carrillo. Según el chofer, controlaban la plaza de
Mazatlán. Alguna vez, El Señor de los Cielos se había molestado con
ellos porque estaban introduciendo droga sin su consentimiento: “Son
chingaderas… se va a trabajar cuando yo lo ordene”...
El agente Montes Garfias abrió el
casillero del funcionario y sustrajo las llaves de la casa donde vivían
los padres de éste. Entregó un duplicado —así como 40 mil pesos y 75
gramos de cocaína— a un gatillero de baja monta, Alejandro Ramírez Báez,
quien integró un comando formado por cinco personas. Los sicarios
aguardaron a Millán en el garaje del edificio. Habían apagado las luces.
Cuando el jefe policiaco cruzó el portón, le metieron 11 tiros. (El
sicario Ramírez Báez fue sometido por los escoltas de Millán. De ese
modo se desanudaron los hilos de la trama.)
Una semana antes,
Roberto Velasco, el hombre que tendió el cerco de la calle Escarcha,
había sido asesinado en una calle de la colonia Irrigación. La verdadera
venganza de Arturo Beltrán llegó, sin embargo, 24 horas después de la
balacera en Xoxocotla. Sucedió del otro lado del país, el 8 de mayo de
2008, la noche en que cinco camionetas rodearon a Édgar Guzmán, otro de
los hijos de El Chapo, en el estacionamiento del City Club, un centro
comercial de Culiacán, Sinaloa.
En la ejecución se dispararon 500
tiros y se accionó un lanzagranadas. Las ráfagas destrozaron paredes,
vidrios y vehículos. Además del hijo de El Chapo, fueron abatidos un
sobrino del narcotraficante, César Loera, así como el hijo de una
lavadora de dinero a la que la DEA había bautizado como La Emperatriz.
Édgar Guzmán abatido FOTO: Noroeste
En Culiacán se desató la
psicosis. Los medios locales no se animaron a dar la noticia. Sólo lo
hicieron dos días después, atribuyendo la información a diarios y
agencias informativas de la ciudad de México. La sangre del hijo de El
Chapo seguía húmeda en el suelo, escribe un testigo, cuando corrió la
versión de que el jefe del cártel de Sinaloa había jurado borrar de la
faz de la tierra a los Beltrán: de la célula que dirigían no iba a
quedar piedra sobre piedra.
En menos de un mes, sin embargo, El
Chapo asimiló dos nuevos golpes. Filtraciones de los servicios de
inteligencia de los Beltrán ocasionaron la detención de uno de sus
primos, Alfonso Gutiérrez, tras una cruenta balacera en una colonia de
Culiacán, y de un sobrino, Isaí Martínez, en las inmediaciones de un
fraccionamiento de esa ciudad.
El asesinato del hijo de El Chapo
formaba parte de la misma embestida que provocó la muerte de los jefes
policiacos Millán y Velasco.
Millán, el comandante acribillado en
casa de sus padres, había sido el “cerebro” del secretario de Seguridad
Pública, Genaro García Luna, en las operaciones antinarco. Su muerte
ocasionó un cambio en la estructura de mando de la PFP. Genaro García
Luna colocó en su lugar, con el cargo de Comisionado, a un viejo amigo y
compañero del Cisen, con el que había colaborado estrechamente a su
paso por la extinta Agencia Federal de Investigación (AFI): Gerardo
Garay, el jefe antidrogas que en dos ocasiones había congelado los
operativos de captura de Beltrán Leyva.
Garay duró sólo unos
meses en el puesto. El 15 de octubre de 2008, una nueva filtración del
grupo de El Mayo, colocada en manos de su contacto, el inspector Édgar
Enrique Bayardo, movilizó a la Policía Federal. En una lujosa residencia
del Desierto de los Leones, en la que había un zoológico privado con
panteras, tigres siberianos y leones, iba a celebrarse una narcofiesta a
la que asistiría Mauricio Harold Poveda, el principal socio colombiano
de Arturo Beltrán.
En la declaración que rindió cuando se
descubrió que El Mayo Zambada le pagaba hasta 500 mil dólares por cada
enemigo detenido, el inspector Bayardo relató la forma en que se llevó a
cabo el operativo. El comisionado Garay dejó escapar a Harold Poveda,
pero detuvo al resto de los invitados. Luego, alineó a 30 prostitutas
contra la pared, seleccionó a cuatro, ordenó prender la caldera del
jacuzzi, pidió cocaína para las muchachas, invitó a uno de sus
subalternos a “darse un baño” y cerró la puerta de la sala.
“¡Ahora sí comenzó la fiesta!”, dijo.
Antes
de sumergirse en ella, el comisionado hizo que sus agentes obtuvieran
los domicilios de los colombianos detenidos y fueran a revolverlos en
busca de dinero. El narcotraficante Mauricio Fino, El Gaviota, se
ofreció a entregar 500 mil dólares que, dijo, tenía guardados en su
departamento. Bayardo fue el encargado de ir a recoger el dinero. Volvió
a la casa con las fajillas metidas en dos bolsas que tenían estampada
la figura de Winnie Pooh.
Según la declaración
PGR/SIEDO/359/2008, cuando Garay salió del jacuzzi, desvelado y con
aliento alcohólico, oyó ladrar a un bull dog que, estimaron los agentes,
“valía también un chingo de dinero”. El funcionario de la PFP solicitó:
“Pónganmelo para llevar”.
No existen datos sobre la forma en que
Arturo Beltrán Leyva registró el golpe asestado por El Mayo a sus
socios colombianos. Pero cinco días después de la narcofiesta, en la
partida de ajedrez que las filtraciones de ambos bandos desataban, una
llamada anónima llegó a la PGR. “En el domicilio ubicado en la calle
Wilfredo Massieu número 430, colonia Lindavista, hay varias personas
armadas y son narcotraficantes. Es gente de El Mayo Zambada y si van los
pueden detener”. A la una la tarde del 20 de octubre, la SIEDO rodeó la
casa y comprobó que en su interior se hallaban pertrechados el hermano
menor de El Mayo, Jesús El Rey Zambada, y un hijo de éste, Jesús Zambada
Reyes.
El Rey Zambada comprendió de inmediato que no tenía
salida. “Me voy a rifar”, dijo. Sus gatilleros abrieron fuego contra los
agentes. Mientras las balas estallaban, El Rey marcó insistentemente al
Unefón de su contacto, el inspector Bayardo. Quería que “su ahijado”,
como le decía, le enviara refuerzos. “Nos estamos agarrando a
chingadazos”, le dijo.
“Voy, padrino, voy”, contestó el
inspector. Pero no alcanzó a llegar. Ni a ese domicilio, ni a ninguna
parte. El número telefónico al que El Rey había marcado y las
declaraciones que luego rindió Jesús Zambada Reyes, pusieron fin a la
carrera de Bayardo. El inspector fue detenido cinco días más tarde y se
acogió al programa de testigos protegidos. Sus declaraciones implicaron
en la venta de protección al narcotráfico a los mandos principales de la
Secretaría de Seguridad Pública, así como al círculo cercano al
secretario García Luna. Entre otros funcionarios cayeron el comisionado
Gerardo Garay, el jefe de Operaciones Especiales, Francisco Navarro, y
el director de Análisis Táctico, Jorge Cruz.
Jesús El Rey Zambada durante su presentación a medios en la PGR
Como
había ocurrido con la SIEDO, eran narcotraficantes los que filtraban
informes y ordenaban capturas. Eran narcotraficantes los que tenían
mando pleno al interior de la PFP.
El comisionado Garay fue
acusado de servir a dos amos: al cártel de los Beltrán y al grupo de El
Mayo Zambada. Un juez le decretó formal prisión en octubre de 2008.
Antes
de ser asesinado un año más tarde en un Starbucks de la ciudad de
México, el inspector Bayardo reveló las bases del acuerdo: recibir
filtraciones, practicar intervenciones telefónicas, permitir que los
operadores de los cárteles interrogaran a los enemigos capturados y,
luego, presentar las detenciones “como logros de la PFP”.
El megacártel
En
1997, el ex chofer del general José Gutiérrez Rebollo, Juan Galván
Lara, mencionó por primera vez en un expediente a los hermanos Beltrán
Leyva (PGR/UEDO/226/97). Eran oriundos de Badiraguato, Sinaloa, y
formaban parte “de las 11 gentes” que trabajaban de cerca con El Señor
de los Cielos, Amado Carrillo. Según el chofer, controlaban la plaza de
Mazatlán. Alguna vez, El Señor de los Cielos se había molestado con
ellos porque estaban introduciendo droga sin su consentimiento: “Son
chingaderas… se va a trabajar cuando yo lo ordene”...
Los Tres Caballeros
...A
principios de 2005 un reportero sonorense, Alfredo Jiménez Mota, reveló
en el periódico El Imparcial las operaciones de un grupo de
narcotraficantes conocidos como Los Tres Caballeros: Arturo, Alfredo y
Héctor Beltrán. Según la investigación, controlaban el tráfico de drogas
en Sonora, Chihuahua y Sinaloa, y se hallaban vinculados, a través de
compadrazgos y otros lazos familiares, con la banda más poderosa de
Sonora, que comandaba Raúl Enríquez Parra, El Nueve. El brazo operativo
de Los Tres Caballeros estaba integrado por dos grupos delictivos, Los
Güeros y Los Números. Los narcotraficantes habían heredado la estructura
de un viejo amo de la región, Héctor El Güero Palma Salazar. Su
presencia en la entidad databa de 1998. Disponían de pistas de
aterrizaje (una de ellas se llamaba “Fumigaciones Guzmán”), así como de
una flotilla de avionetas con las que sobrevolaban la entidad entre las
12 de la noche y las cuatro de la mañana. Recibían apoyo institucional
“de los tres niveles de gobierno”.
La información del reportero Jiménez
Mota procedía de un documento clasificado por la Secretaría de
Gobernación que llevaba por título: “Los Tres Caballeros. Narcotráfico”.
El documento señalaba que los Beltrán visitaban por separado la
entidad, se alojaban en propiedades a nombre de terceras personas y eran
protegidos en sus traslados por un ex comandante de la policía
municipal de Cajeme, Carlos Sánchez, quien pertenecía “al primer círculo
del director general de la Policía Judicial del estado, Roberto Tapia
Chan”.
Los cargamentos de los Beltrán eran escoltados por
patrullas de la judicial a lo largo de brechas y terracerías. En varias
ocasiones habían logrado huir, a bordo de sus avionetas, de los
operativos montados por el ejército.
Jiménez Mota desapareció en
abril de 2005, poco tiempo después de publicar su reportaje. Acababa de
decirle a una amiga que iba a entrevistarse con una de sus fuentes, “a
la que había notado muy nerviosa”. Su cuerpo nunca fue encontrado. Sus
superiores sabían que preparaba una serie de trabajos que involucraban a
gente cercana al entonces gobernador de Sonora Eduardo Bours en la
venta de protección a los Beltrán.
A la desaparición del
reportero le siguió la muerte del narcotraficante Raúl Enríquez Parra,
El Nueve. Lo hallaron en un predio, envuelto en una cobija. Sus verdugos
lo habían torturado a rabiar. Luego arrojaron su cadáver desde una
avioneta. Según la declaración del teniente de la Policía Municipal
Jesús Francisco Ayala, las muertes del reportero y el narcotraficante
estaban conectadas.
El periodista de El Imparcial, dijo el
teniente, esperaba una grabación telefónica que ubicaba a Ricardo Bours,
ex alcalde de Cajeme y hermano del gobernador del estado, como contacto
institucional de los Beltrán Leyva en Sonora. El oficial señaló al
procurador del estado, Abel Murrieta, al jefe de la Policía Estatal,
Roberto Tapia Chan, al director de la policía de Navojoa, Luis Gastélum,
como autores intelectuales del secuestro. El levantón habría sido
realizado por órdenes de este último. Un grupo de policías municipales
detuvo al reportero y lo entregó a Los Números (el grupo de Raúl
Enríquez Parra). Según el testigo, la grabación que Jiménez Mota estaba
aguardando contenía una charla entre el jefe de la Policía Estatal y el
narcotraficante Raúl Enríquez Parra, en la que el hermano del gobernador
era mencionado como protector de las mafias que operaban en la entidad.
Jesús
Francisco Ayala había sido, durante dos años, chofer de Luis Gastélum.
Había presenciado reuniones entre su jefe y El Nueve, en las que se
determinó la muerte de diversos personajes. Un día sintió que sabía
demasiadas cosas. Que Gastélum no iba a tardar en ir por él. “Había sido
testigo de muchos de los encuentros donde se daban órdenes de eliminar
gente”, le dijo al reportero Ricardo Ravelo. Decidió integrarse al
programa de testigos protegidos.
El gobernador Eduardo Bours
calificó de dolosa la versión que señalaba a su hermano. “No es posible
que se le dé importancia y se señalen culpables”, dijo.
Cuando
Joaquín López Dóriga dio a conocer el testimonio de dos mujeres
secuestradas que habían escuchado una conversación telefónica entre sus
plagiarios y el jefe de la policía, Roberto Tapia Chan, el infierno se
desató. En sucesivas incursiones federales se incautaron ranchos y casas
en los que, además de armas, autos y joyas, aparecieron leones y
tigres. Una versión señala que Raúl Enríquez Parra fue acusado por los
Beltrán de “calentar” la plaza y ordenaron su ejecución.
En
términos formales, el gran debut de Los Tres Caballeros en la prensa
ocurrió un mes después del asesinato del reportero de El Imparcial.
Jiménez Mota se había quedado corto. Además de extender sus tentáculos
en Sonora, Chihuahua y Sinaloa, los hermanos Beltrán dominaban 11
estados de la República. El arranque del sexenio de Vicente Fox había
significado su época dorada. Operaban en Guerrero, Morelos, Chiapas,
Querétaro, Sinaloa, Jalisco, Quintana Roo, Tamaulipas, Nuevo León,
Estado de México y el Distrito Federal. Su poder tocaba incluso “la casa
número uno de México”: habían logrado extender su poder a Los Pinos, a
través de un oscuro personaje que coordinaba las giras presidenciales:
Nahum Acosta Lugo...
El contacto en Los Pinos
...En
febrero de 2005 la DEA registró una conversación telefónica entre Nahum
Acosta y Arturo Beltrán Leyva. Acosta, un personaje de medio pelo en el
PAN sonorense, había fungido como delegado del Instituto Nacional de
Migración y se había visto envuelto en un escándalo de corrupción a
resultas del cual el gobierno de Estados Unidos le retiró la visa. En
2001, sin embargo, el panista Manuel Espino lo recomendó como director
de área en la coordinación de giras presidenciales. Cuando la DEA puso
en manos de las autoridades mexicanas una grabación telefónica en la que
Nahum alternaba créditos con Arturo Beltrán, el procurador Rafael
Macedo de la Concha abrió una investigación que no tardó en ser filtrada
a la prensa.
Por esos días la PGR atendió una denuncia anónima
que indicaba que en Cerrada de la Loma 17, en el fraccionamiento La
Herradura, Estado de México, se había detectado un movimiento de
personas armadas, así como la presencia de los hermanos Arturo y Héctor
Beltrán.
Los archivos de la SIEDO revelaron que
aquel domicilio se hallaba engarzado con la detención de un
narcotraficante en cuya agenda había aparecido el número de teléfono 52
94 41 11. Aquel número había sido asignado a la casa ubicada en Cerrada
de la Loma 17. El contrato estaba a nombre de Clara Laborín, la esposa
de Héctor Beltrán Leyva.
Las autoridades solicitaron una orden y
catearon el domicilio. Los Beltrán se habían esfumado. Pero la policía
encontró dos millones de pesos en joyas y varias camionetas BMW, entre
otros vehículos blindados. Halló también una tarjeta de presentación a
nombre de Nahum Acosta, una agenda telefónica en la que este funcionario
aparecía bajo la leyenda “Presidencia”, y cinco audiocasetes en los que
Héctor Beltrán había grabado diversas conversaciones con sus
lugartenientes. En una de las cintas, Beltrán le pedía a cierto operador
que entregara cinco mil dólares a Nahum. En otras grabaciones, Nahum
Acosta se mostraba parlanchín y hablaba con Beltrán de sus actividades,
las giras presidenciales, los lugares que había visitado y las
enfermedades de sus hijos. Un día le contó que acababa de sobrevolar su
casa en helicóptero; otro, lo urgió a que terminara cuanto antes “el
negocio de Acapulco”.
El guardia de seguridad que cuidaba el
fraccionamiento relató que los habitantes de la casa parecían muy ricos,
que continuamente había entradas y salidas de hombres armados, y que
hacía poco había ido de visita “alguien de la presidencia de la
República, de apellido Nahum”, quien se había presentado como “del
Estado Mayor Presidencial”.
Nahum Acosta fue acusado de filtrar
información gubernamental de primer nivel al crimen organizado. Según el
procurador Macedo de la Concha, las pruebas en su contra eran “serias y
contundentes”. Se había comprobado que recibió los cinco mil dólares
enviados por el capo. Por si faltara algo más, el número de Beltrán
aparecía registrado en su celular.
Acosta se defendió diciendo
que desconocía las actividades delictivas de Héctor Beltrán, y que sólo
había visitado la casa de éste con intención de rentarla. El
subprocurador, José Luis Santiago Vasconcelos, respondió: “Yo creo que
ninguno de los servidores públicos que estamos actualmente
desempeñándonos pudiera tener capacidad económica para rentar una de
estas casas, con seis niveles y esta riqueza”. El sueldo de Nahum era de
79 mil pesos.
El escándalo colocó a los Beltrán en un rango de
visibilidad que no habían tenido nunca. Paradójicamente, según Santiago
Vasconcelos, sirvió para boicotear la investigación. A pesar de las
pruebas “serias y contundentes” del procurador Macedo, un juez liberó 60
días después a Acosta “por falta de elementos para procesar”. Tiempo
después, el PRD lo lanzaría como candidato a la alcaldía de Agua Prieta.
Según el presidente de ese partido, Jesús Ortega, Nahum Acosta era
inocente. “Esa es la verdad legal”, dijo...
El narcovideo
...En 2005 el
brazo operativo del cártel de Sinaloa, los hermanos Beltrán Leyva, tenía
frentes de batalla abiertos en todo el país. Embestía en el corredor
del Golfo a Tony Tormenta, hermano de Osiel Cárdenas Guillén. Enfrentaba
en Tijuana a los Arellano Félix. Disputaba en Chihuahua cada centímetro
de territorio al cártel comandado por Vicente Carrillo y Nacho Coronel.
Tenía el control absoluto de Sinaloa, Sonora, Coahuila y Durango. Su
asociación con La Familia le había abierto, desde Michoacán, la ruta del
Pacífico.
En los pliegues del estado de Guerrero, los Beltrán
habían fincado uno de sus principales centros de operación. A cambio de
un millón de dólares compraron los favores del subdirector operativo de
la Policía Ministerial, Julio López Soto.
“Trabajaban sin
problemas”, señaló el chofer de este jefe policiaco. Según se demostró
después, controlaban también a los principales mandos de la AFI
destacados en la zona. Su ala ejecutora, Los Pelones, conformada por 350
pistoleros, muchos de ellos reclutados en la Mara Salvatrucha, se movía
con libertad por el estado, ostentando armas de grueso calibre.
Una mañana, el subdirector al que
compraron los Beltrán fue levantado por Los Zetas. Tony Tormenta había
enviado a 120 de ellos a disputar la plaza, con un mensaje de su
lugarteniente, Gregorio Saucedo, El Caramuela: “Que les iba a rajar la
madre a todos los pelones y a todos los que tomaron parte en la
repartición del millón de dólares que le dieron a Julio, el subdirector,
y que reciban un saludo del señor Goyo Sauceda”.
El
lugarteniente de Arturo Beltrán, Édgar Valdez Villarreal, La Barbie,
tomó nota del mensaje y decidió devolver el saludo. Lo hizo con la
ejecución prime time de uno de Los Zetas que llegaban de avanzada al
territorio.
En mayo de 2005, tres ex militares procedentes de
Nuevo Laredo fueron ubicados en Zihuatanejo por La Barbie. Un comando de
hombres vestidos de negro, en cuyos uniformes aparecían las siglas de
la AFI, los levantó. No les tomó mucho confesar que pertenecían al
cártel del Golfo. Confesaron también que en la bahía de Acapulco los
aguardaba uno de sus cómplices.
El Zeta que los esperaba en
Acapulco iba a ser la estrella principal de un narcovideo que estremeció
al país. Se llamaba Juan Miguel Vizcarra y había llegado a la bahía
simulando pasar, en compañía de su novia, unas vacaciones. Vizcarra le
había confesado a su pareja sus verdaderas intenciones: “Lo que hago es
llevarme personas, y estamos aquí en Acapulco buscando gente del otro
cártel; estamos buscando a unos tipos que entraron a nuestro territorio y
asesinaron a miembros de la familia Zeta. Mi misión es llevarme a los
responsables”.
Agregó: “Estamos en la boca del lobo, ya que si
nos atrapa la policía, no nos llevarán a las autoridades, sino con los
jefes de la organización”.
El 15 de mayo, el Zeta recibió dos
llamadas. Al colgar la primera vez, dijo: “Atraparon a esos idiotas en
Zihuatanejo”. Al colgar la segunda: “Estamos jodidos, ya atraparon a dos
de mi destacamento… cuando atrapan a uno los atrapan a todos”.
Así
fue. Vizcarra y su novia intentaron salir del hotel para volver a su
estado. En la puerta los esperaban varios hombres con siglas de la AFI.
Esa
madrugada —relata el semanario Proceso— el cártel del Golfo intentó
comunicarse a la oficina del procurador general de la República. No hubo
éxito. Dejaron un mensaje: “Los comandantes de las plazas de Acapulco y
Zihuatanejo, el día de ayer, detuvieron a cinco Zetas, los cuales
fueron entregados a gente de Arturo Beltrán… si éstos no son puestos a
disposición en un término de 48 horas, desataremos una guerra contra
estas dos plazas, no importando si hay agentes nuevos o viejos, incluso
le levantaremos a la prensa nacional al titular de la AFI”.
Pero Los Zetas no fueron puestos a disposición: se los entregaron a La Barbie. A la novia de Vizcarra la dejaron ir.
Ese
mismo día los miembros del destacamento fueron videograbados, con el
rostro desfigurado a golpes, mientras respondían mansamente a los
cuestionamientos lanzados por un interlocutor invisible. Hacia el final
de la grabación, ese interlocutor, La Barbie, se acercó a Vizcarra con
una pistola en la mano y le descerrajó un tiro en la sien: “¿Y tú qué,
güey?”.
El narcovideo desató una investigación federal, puesta en
marcha por el subprocurador José Luis Santiago Vasconcelos, en la que
resultaron involucrados un subcomandante de la AFI, un jefe regional y
una decena de agentes. Los indiciados formaban parte del círculo de
confianza del entonces director de la AFI, Genaro García Luna. Desató
también una serie de ejecuciones en serie. En poco tiempo fueron
asesinados un jefe de seguridad del Ayuntamiento y un teniente de
corbeta que se había infiltrado entre Los Pelones. En julio de 2005 el
ex procurador de Justicia, José Robles Catalán, fue tiroteado mientras
desayunaba en el restaurante La Perla. En los tres meses siguientes se
registró la desaparición de 27 tamaulipecos. A cuatro de ellos los
enterraron vivos. Balaceras y persecuciones se volvieron moneda
corriente en las calles del puerto: en enero de 2006, Zetas y Pelones se
enfrascaron en una refriega que duró 30 minutos. Una tarde apareció un
hombre descuartizado. Sus miembros habían sido repartidos en cinco
bolsas de plástico. Junto a él, una cartulina: “Ahí está tu gente,
aunque te proteja la afi, soldados y otras corporaciones, sigues tú
Edgar Valdez Villarrreal (barbie), Arturo Beltrán Leyva, y tú, Lupillo,
sigue riéndote que te voy a encontrar. Atentamente, La Sombra”...
El atentado
...La investigación
abierta por el subprocurador general de la República, José Luis
Santiago Vasconcelos, a raíz de la difusión del narcovideo de Acapulco,
provocó que los operadores de Arturo Beltrán movieran sus piezas dentro
de la SIEDO “para calmar las cosas”. Pero Vasconcelos seguía siendo una
piedra en el zapato de Beltrán. Era él, precisamente, el que había
llevado la indagatoria que reveló sus nexos con Los Pinos. Era él quien
había manejado el caso del reportero Jiménez Mota, desatando la
operación que cubrió de llamas el estado de Sonora.
Con el cambio
de administración Santiago Vasconcelos había dejado la Subprocuraduría,
para pasar al área jurídica y de asuntos internacionales de la PGR. El
hombre que luego de 14 años en el combate a las drogas conocía como
nadie las entrañas del narcotráfico en México quedó bajo la protección
de un puñado de escoltas. Arturo Beltrán decidió que había llegado la
hora de ajustarle las cuentas.
El 17 de diciembre de 2007 varias
camionetas de lujo, una de ellas con placas de Estados Unidos, se
instalaron en una calle del sur de la ciudad. Los encargados de un
negocio de hamburguesas describieron a los individuos que las tripulaban
como “hombres con facha de guardaespaldas”. Varias motos con antenas y
equipos de comunicación se acercaron a ellos. De pronto, el grupo se
desplazó hacia Fuentes del Pedregal. Tenía la misión de reconocer el
terreno, la ruta que Santiago Vasconcelos cubría diariamente para llegar
a su casa. El plan se frustró de manera fortuita. Esa madrugada,
alertadas por la presencia sospechosa de las camionetas, 15 patrullas de
la policía capitalina acordonaron la zona. Cinco sujetos fueron
aprehendidos.
No se detuvo, sin embargo, la operación. Desertores
del ejército habían desarrollado el plan y recomendado las armas
necesarias para penetrar el alto blindaje de que estaba dotado el auto
del ex subprocurador. Los Beltrán sabían que Santiago Vasconcelos
llegaba a su casa a las 12 de la noche. Para evitar que ocurriera lo de
la vez anterior, un nuevo comando abordó tres camionetas viejas, una de
ellas modelo 1971. El plan consistía en cerrar el paso al convoy del
funcionario, formado por cuatro autos, y accionar un lanzagranadas
contra su vehículo. El resto del grupo bajaría entonces de las
camionetas, vomitando fuego.
José Luis Santiago Vasconcelos no
fue detectado por los pistoleros. Había decidido tomar, a partir de
aquel día, unas vacaciones. El nerviosismo de uno de los sicarios llamó
la atención de una patrulla, que se acercó para checar el vehículo.
Adentro había tres hombres con armas largas y chalecos con las siglas
FEDA (Fuerzas Especiales de Arturo).
Vasconcelos fue enterado de
los planes de los Beltrán esa misma noche. El encargado de comunicarle
la detención de los sicarios fue su sucesor en el cargo, Noé Ramírez
Mandujano, que un año más tarde quedaría formalmente preso bajo cargos
de cohecho y delincuencia organizada, acusado de recibir pagos de 450
mil dólares a cambio de poner a la SIEDO bajo las órdenes de los
Beltrán...
La conexión Morelos
...22 de
octubre de 2008. A las puertas de la Procuraduría de Justicia del estado
de Morelos, tres vehículos aguardan la salida del subprocurador, Andrés
Dimitriades Juárez. La orden es ejecutarlo. Dentro de las unidades hay
12 hombres, cada uno con un arma larga. El jefe del grupo es un agente
de la Policía Metropolitana llamado Esteban Royaceli. Le dicen El Royal.
Uno de los participantes en la ejecución —un agente apodado El Negro—
relató más tarde: “De la Procuraduría nos iban a avisar cuando saliera
el subprocurador Dimitriades, y como a las 10 de la noche nos avisaron
que salió en un coche blanco, con dos escoltas. Se inició la persecución
por la avenida Zapata”.
Dimitriades advirtió que lo iban
siguiendo. Con el acelerador a fondo, tomó la carretera
México-Cuernavaca, con dirección a Acapulco. Comenzaron a dispararle
desde un Megane. Declaró El Negro: “Le pegaron un tiro al chofer y se
estrelló contra una barda y allí fue cuando todos comenzaron a
dispararle a Dimitriades”.
El mes anterior habían sido asesinados
el director de la policía de Jiutepec, Jorge Alberto Vargas, y su
chofer. El comando dirigido por Esteban Royaceli les dio el “cerrón”
cuando salían de la casa del funcionario. Subieron a ambos a una
camioneta y los llevaron a una casa de seguridad.
“Se le reclamó que si ya había arreglo, por qué no lo había respetado”, contó El Negro.
El
jefe policiaco acababa de poner a disposición de Dimitriades a un grupo
de pistoleros de los Beltrán, a los que había aprehendido en posesión
de varias armas de fuego. El hecho de faltar al “arreglo” le valió ser
torturado por dos horas, antes de que Royaceli se decidiera a
asesinarlo. Su chofer fue ahorcado con un lazo. El Royal le cortó el
dedo índice de la mano derecha, y se lo metió en la boca, enrollado en
un billete de 20 dólares. Los dos cuerpos fueron abandonados en el
camino a Temixco.
Según la investigación
PGR/SIEDO/UEIDCS/166/2009, las ejecuciones habían sido ordenadas por
Alberto Pineda Villa, El Borrado, uno de los principales operadores de
Arturo Beltrán Leyva en la entidad. La pesquisa reveló que El Borrado y
su hermano, Mario Pineda Villa, El MP, habían creado un ejército de
gatilleros integrado por asesinos reclutados en las calles y cooptados
en las policías locales.
Pero eso no se supo hasta tiempo
después, cuando Royaceli y El Negro fueron detenidos en el Estado de
México en momentos en los que conducían un cargamento de armas.
De
momento, la ejecución de Dimitriades creó un clima de histeria en la
entidad. El secretario de Seguridad Pública de Morelos, Luis Ángel
Cabeza de Vaca, fue criticado por no haber actuado para detener a los
asesinos: en el 066 se habían recibido más de ocho llamadas reportando
la balacera. Cuando la prensa le preguntó si existían datos de la
presencia de los hermanos Beltrán en la zona, Cabeza de Vaca respondió:
“En caso de existir la presencia del narcotráfico en el estado, la
propia PGR realizará las investigaciones necesarias”.
Cabeza de
Vaca pasaba por alto el reciente asesinato del director operativo de la
Policía Ministerial, Víctor Enrique Payán. Lo habían encontrado en la
cajuela de su auto, con tiro de gracia, lastimaduras en el cuello y un
mensaje que rezaba: “Así les va a pasar a todos los que anden con
Joaquín El Chapo Guzmán, Ismael El Mayo Zambada e Ignacio Nacho
Coronel”.
La noche del 5 de mayo de 2009 no quedó duda, en todo
caso, de la penetración del narcotráfico en el estado. Una indagación de
la Policía Federal culminó en una residencia ubicada a menos de 100
metros de la casa de gobierno del mandatario estatal, Marco Antonio
Adame. En esa casa se verificaba una fiesta. Alguien había llevado un
cerdo. Los invitados hacían carnitas. Elementos del grupo Indio
recibieron la orden de entrar. Dos helicópteros iluminaron la fachada.
Dos camiones de asalto blindados se detuvieron frente al portón. Los
federales no hallaron al hombre que buscaban, Alberto Pineda Villa, El
Borrado, pero detuvieron a sus tíos, y también a los padres de éste.
Tenían 73 y 59 años, respectivamente. Tenían, también, seis armas largas
y siete cortas.
La abogada Raquenel Villanueva fue contratada
para defenderlos (sería masacrada en Nuevo León el 9 de agosto de 2009).
En los días que siguieron, aparecieron 10 narcomantas dirigidas a
Felipe Calderón, con amenazas para Genaro García Luna. Una de ellas
decía: “Felipe Calderón estamos conscientes de nuestros actos, pero en
total desacuerdo en que involucren a padres, hermanos y demás
familiares; es una regla mundial que ha existido en todos los tiempos
(la familia se respeta)”.
Las declaraciones que rindieron El Negro y
El Royal tras su aprehensión en el Estado de México provocaron la
captura del comandante de la Policía Ministerial, Salvador Pintado, con
11 gramos de cocaína encima y armamento de uso reservado para el
ejército. Lo habían señalado como encargado de negociar con el gobierno
de Adame un conjunto de puestos clave para la organización Beltrán.
La
detención de los padres de El Borrado, la captura de Pintado y las
declaraciones de los asesinos del subprocurador Dimitriades, formaron un
coctel altamente explosivo. El primero en sufrir los efectos fue el
secretario de Seguridad Pública del estado, Luis Ángel Cabeza de Vaca
(el mismo que dudaba de la existencia del narcotráfico en Morelos). El
Negro y El Royal lo señalaron como protector del cártel de los Beltrán.
Cuando fue detenido por el ejército, su esposa publicó un desplegado en
el que afirmaba que el funcionario “únicamente recibió órdenes” del
gobernador Adame. Un juez le decretó formal prisión por el delito de
colaboración en delincuencia organizada.
El segundo en caer fue
el secretario de Seguridad Pública de Cuernavaca, Francisco Sánchez
González. El tercero, el procurador de Justicia del estado, Francisco
Coronado. La ola expansiva corrió incontenible. El 10 de mayo, militares
detuvieron en Yautepec a 34 policías municipales, así como al
secretario de Seguridad Pública local.
Dentro de la estructura de
los Beltrán, El Borrado tenía la tarea de recibir información filtrada
por la SIEDO. Un agente de la AFI, Francisco Javier Jiménez, El Pinocho,
era el contacto que lo enlazaba con el coordinador técnico de esa
corporación, Miguel Colorado González (otro de los funcionarios
detenidos durante la Operación Limpieza). Según la averiguación
0241/2008, El Borrado también fue responsable de “enganchar” al
subprocurador Noé Ramírez Mandujano, que fue sujeto a proceso en
Nayarit. El nivel de El Borrado en el cártel era semejante al de Sergio
Villarreal, El Grande. La detención de sus padres lo puso fuera de sí.
Información
manejada por Proceso señala que en octubre de 2008 el secretario de
Seguridad Pública, Genaro García Luna, fue interceptado en la carretera
de Tepoztlán por un número indeterminado de pistoleros que viajaban en
vehículos blindados. Según el semanario, García Luna habría recibido el
siguiente mensaje: “Este es el primero y último aviso para que sepas que
sí podemos llegar a ti si no cumples con lo pactado”.
La DEA
circuló la versión de que El Borrado, desesperado por la prisión de sus
padres, le pidió a Arturo Beltrán Leyva la ejecución del secretario
García Luna. No hay reporte de la respuesta de Beltrán, pero sí indicios
de que inició su propia “operación limpieza” dentro del cártel, a fin
de pacificar el estado. El 12 de septiembre de 2009 el cadáver de Mario
Pineda Villa, El MP, hermano de El Borrado, fue hallado en la Autopista
del Sol, a la altura de Huitzilac, con una manta que decía: “Así
terminan los traidores y los secuestradores. Aquí está El MP”. Firmaba:
“El Jefe de Jefes”.
Días después, el cuerpo del propio Borrado
apareció calcinado dentro de un auto en Jantetelco. En poco más de un
mes se registraron 25 ejecuciones. Todas ellas acompañadas con mantas,
cartulinas, mensajes: “Esto les pasa a los secuestradores, le pido a
toda la ciudadanía no lo tomen a mal, es por el bien de todos,
atentamente El Jefe de Jefes”.
Junto a dos cuerpos torturados se
encontró en Moyotepec este narcomensaje:“Comando: Rafael Deita López
(alias lágrimas) robo a mano armada, Maximino lopez por robo a casa
habitación y robo de cobre de luz y fuerza y Telmex, tú sabes que esta
plaza siempre ha sido mía nos equivocamos al poner un par de traidores y
cobardes como el mp y el borrado de los cuales tú aprendiste las mañas,
no seas cobarde… mi gente y yo estamos listos para pelear con quien
sea, no me importa que te apoye el chapo, mago, nacho coronel, lobo
valencia y los michoacanos, no vamos a permitir secuestros ni
extorsiones deja de amenazar familias. Atte. Jefe de jefes”.
Ese
fue el mes en que Héctor El Negro Saldaña y tres acompañantes fueron
hallados en una camioneta en la delegación Miguel Hidalgo, al poniente
de la ciudad de México, con un mensaje firmado por El Jefe de Jefes:
“Por secuestradores. Job 38:15”. (Job 38:15: “Entonces la luz fue
quitada a los impíos”.) Ese fue el mes en el que el alcalde de San Pedro
Garza, Nuevo León, que medio año atrás había sido grabado al momento de
afirmar que había llegado a un acuerdo con los Beltrán Leyva para
detener los secuestros en el municipio, anunció la muerte de El Negro
Saldaña —¡cuatro horas antes de que la policía se enterara!
Saldaña
era un narcotraficante ligado a los Beltrán. Tras la detención de un
operador de éstos, logró apoderarse de la plaza de San Pedro y comenzó
el secuestro de familiares de la cúpula empresarial de Monterrey. Exigía
rescates de hasta cinco millones de pesos y llegó a realizar hasta tres
secuestros por semana. El alcalde de San Pedro, Mauricio Fernández, fue
grabado en una reunión de empresarios ante los que confesó que eran los
Beltrán, y no la policía, los que habían evitado que San Pedro Garza se
deteriorara: sus familias vivían ahí, antes que traficar con drogas les
interesa la seguridad de éstas.
“O sea, o montamos todo este
aparato de seguridad, que ellos tampoco están en contra porque es para
sus propias familias también… No sé cómo decirte, o sea, lo que yo voy a
tratar de hacer, hasta ahora me estoy dando cuenta de que no está tan
complicado como yo imaginé, porque los propios Beltrán Leyva están de
acuerdo… Está más arreglado de lo que te puedas imaginar, si entramos
rápido”.
La nueva estrategia de Arturo Beltrán, ¿consistía en
pacificar los territorios donde operaba a cambio de que las autoridades
lo dejaran traficar? Algunos analistas creyeron advertir que El Barbas
dirigía toda clase de guiños al gobierno federal.
Desde su
ruptura con El Chapo había vuelto a aliarse con Vicente Carrillo, pactó
con Heriberto Lazcano, entabló relaciones con los sucesores de los
Arellano Félix. No sólo controlaba la frontera norte, sino también el
corredor del Pacífico. Según Jorge Fernández Menéndez, mientras El Chapo
tenía los mejores contactos y la capacidad de operación para traer
droga a México, Beltrán tomaba la frontera y una buena parte del
litoral.
El enfrentamiento entre ambos capos explicaba la
violencia en que el país había vivido sumergido. No era una lucha —dice
Fernández Menéndez— por el control del territorio, sino por la
supervivencia de sus cárteles.
En los peores días de la refriega
con su antiguo aliado, Beltrán había hecho colocar esta narcomanta: “Con
todo respeto a su investidura Sr. Presidente le pedimos que abra los
ojos y se dé cuenta de la clase de personas que tiene en la PFP nosotros
sabemos que usted no tiene conocimiento de los arreglos que tiene
Genaro García Luna desde el sexenio de Fox con el Cártel de Sinaloa que
protege al Mayo Zambada, a Los Valencia, Nacho Coronel y Chapo Guzmán…
Pedimos que pongan a personas que combatan al narco de forma neutral y
no incline la balanza a un solo lado”.
Sabía que estaba en marcha la cacería que terminó en la torre Elbus del fraccionamiento Altitude, el 16 de diciembre de 2009...
La batalla de Cuernavaca
...Esta
es la leyenda que ha quedado impresa en periódicos, revistas y
declaraciones ministeriales. El sábado 5 de diciembre Arturo Beltrán
Leyva fue padrino de un bautizo en Puebla. Permaneció en la entidad
hasta el jueves 10, día en que decidió volver a Morelos. Su convoy era
tan aparatoso que llamó la atención de la Policía Ministerial. Vino el
tiroteo. La gente que caminaba por avenida Hidalgo y el bulevar
Forjadores se tiró al piso. Dos judiciales quedaron heridos y un
municipal murió.
Beltrán tuvo dejar atrás a cinco de sus
gatilleros y también 11 vehículos. Huyó en helicóptero desde el hotel
Villa Florida. Según el director operativo de la DEA, Anthony Placido,
iba herido. El contralmirante José Luis Vergara, vocero de la Secretaría
de Marina, dijo que no: la noche siguiente reapareció en una posada en
el fraccionamiento Los Limoneros, a las afueras de Tepoztlán. El
lugarteniente Manuel Briones, ex agente de la Policía Metropolitana que
se integró al cártel como sucesor de El Borrado, se encargó de su
seguridad. De Briones dependía el ejército de Halcones que realizaba en
el estado labores de vigilancia: a él se le achaca el asesinato de 40 de
los miembros “incómodos” de la organización delictiva.
Los sicarios que Beltrán había dejado
atrás en Puebla fueron llevados en avión a las instalaciones de la SIEDO
para ser interrogados. Una versión señala que el capo sinaloense había
sido detectado por la DEA desde que visitó a un cirujano plástico en el
Hospital Ángeles de Puebla. El cruce de datos provocó que en una reunión
del gabinete de seguridad se decidiera entregar la información al
almirante José Luis Figueroa. Desde la presidencia se ordenó que el
operativo corriera a cargo de la Secretaría de Marina.
Alrededor
de las dos de la mañana, cuando la música alcanzaba su mayor intensidad,
la operación comenzó. Los marinos irrumpieron en el fraccionamiento.
Vecinos reportan que la balacera duró dos horas. Beltrán volvió a dejar a
sus sicarios atrás. Huyó en un vehículo Toyota, posiblemente en
compañía de La Barbie. Briones, el encargado de su seguridad, bajó por
una barranca y se escondió en la maleza un día entero. Municipales de
Cuernavaca y agentes de la SIEDO aparecieron en el fraccionamiento
cuando el tiroteo era más tupido, pero se retiraron sin tomar parte en
la operación. La Armada aseguró a 40 personas, 11 de las cuales eran
sicarios. El resto, músicos y sexoservidoras. En la casa fueron hallados
280 mil dólares, 20 armas, mil 700 municiones. Hubo tres muertos (entre
ellos, una vecina del fraccionamiento). El vehículo en el que
supuestamente habían escapado los capos fue hallado en Cuernavaca. Tenía
huellas de sangre en la manija de la puerta izquierda y en el asiento
delantero. Una versión señala que Beltrán volvió a ser detectado por la
DEA tras recibir atención médica en un nosocomio de la capital
morelense. Había dejado como domicilio el departamento que ocupaba en el
condominio Altitude.
El 16 de diciembre los miembros del
gabinete de seguridad fueron informados con sólo 20 minutos de
anticipación de que la Armada iba a iniciar en Cuernavaca el operativo
de captura de Arturo Beltrán Leyva. Se pidió al responsable de la 24
Zona Militar, el general Leopoldo Díaz, que cubriera el perímetro.
De
acuerdo con documentos consultados por el reportero Ricardo Ravelo, un
cocinero declaró que Beltrán Leyva iba a comer, aquel día, precisamente
con el general Leopoldo Díaz. Declaró también que el capo estaba en
compañía de La Barbie, pero que éste desapareció antes de que comenzaran
las acciones. Beltrán había sido informado por su círculo de seguridad,
Los Zafiros, sobre movimientos extraños en la calle. De acuerdo con el
vocero de la Secretaría de Marina, supo que iban por él desde la una de
la tarde, cuatro horas antes de que iniciaran los disparos, cuando un
helicóptero sobrevoló el conjunto Altitude: “Él ya sabía. Cuando escuchó
el ruido del helicóptero se percató de eso, entonces se fue a su lugar y
se preparó para hacer frente; él sabía que tarde o temprano iban a
llegar por él”.
A las nueve de la noche, con seis pistoleros,
Beltrán inició la defensa. “Estuvo participando en el tiroteo en contra
de nosotros, creo que eso habla de que no estaba herido”, explicó el
vocero.
Según la Marina, desde el mediodía y hasta las cinco de
la tarde, los integrantes de las fuerzas especiales desalojaron a los
habitantes de las 12 torres que forman el conjunto Altitude. Más de 100
efectivos se desplegaron en el lugar. Se dio la orden de ataque: desde
vehículos artillados los marinos accionaron ametralladoras 7.62. Beltrán
y sus hombres respondieron desde las ventanas del departamento 201 con
granadas y ráfagas de AK-47.
Dos sicarios que se hallaban en la
planta baja abrieron fuego contra los miembros de la Armada. “Fueron
abatidos de inmediato”. Otros tres resistieron el asedio durante cuatro
horas. Un marino fue alcanzado por una granada de fragmentación en las
escaleras de emergencia. Se decidió detener la incursión, hasta que el
parque de Beltrán se agotara. Mientras, los vehículos artillados
siguieron atacando. Dos sicarios de Beltrán murieron en la sala. Cuando
comprendió que estaba perdido, un tercero, el hijo de un famoso narco,
El Chalo Araujo, saltó por los ventanales para suicidarse. Durante su
caída, una bala expansiva le reventó en la espalda.
La última
comida de El Jefe de Jefes, el hombre que compraba voluntades a cambio
de millones de dólares y traficaba cargamentos que se medían en
toneladas; el hombre de las joyas, los animales exóticos, los ranchos,
los palacios, las avionetas, consistió en unos huevos con jamón que bajó
a sorbos dados a una Coca-Cola de plástico. Había hecho llamar a dos
masajistas, una de 18 años, otra de 44, con las que pasó sus últimas
horas.
Según la Marina, a las nueve de la noche Beltrán abrió la
puerta del departamento y enfrentó a los efectivos con intenciones de
huir hacia el elevador. Le dispararon a menos de tres metros de
distancia. Una de las balas le arrancó el hombro de cuajo.
Las
primeras fotos lo muestran, no en la puerta del departamento, sino en el
interior de éste, con una bebida energética junto a las manos. De
acuerdo con la versión oficial, los marinos lo hallaron con los
pantalones en las rodillas y la playera alzada hasta el pecho. “Yo creo
que él cayó herido y a lo mejor le aflojaron la ropa, lo jalaron y fue
que quedó en esa posición. Ya estaba así”, dijo el almirante José Luis
Vergara.
Una foto muestra a tres civiles embozados, vestidos con
sudaderas y guantes de látex rojo, bajándole los pantalones hasta más
allá de las rodillas, y colocando al cadáver sobre una sábana blanca. En
una tercera foto, esos mismos personajes comienzan a desplegar,
macabramente, joyas y billetes ensangrentados sobre el cuerpo.
No se ofreció explicación oficial sobre la vejación del cadáver. Tampoco sobre la identidad de los civiles embozados.
El
almirante Vergara sostuvo que el objetivo de la Armada era capturar al
delincuente con vida. “Pero asumió una actitud de no dejarse atrapar”.
En un acta ministerial que las autoridades no han dado a conocer, las
dos masajistas afirmaron que Arturo Beltrán se había rendido, que su
último gesto fue el de entregarse, antes de morir desangrado en un
departamento de lujo.
Solo 15 días después fue aprendido en
Culiacán Sinaloa otro hermano de El Barbas de nombre Carlos Beltrán
Leyva quien se había mantenido lejos de los reflectores pero su captura
opacado por la muerte de su hermano 15 días antes.
Años después
le seguiría con la captura de su hermano el ultimo de los "Tres
Caballeros" Hector Beltrán Leyva capturado "sin un solo disparo" en el
siguiente gobierno con el PRI de Peña Nieto en octubre del 2014,
informaron las autoridades se hacia pasar por empresario en Querétaro
pero fue aprehendido en Guanajuato, tras la captura de varios lideres
fuertes de los Beltrán Leyva en el sexenio de Calderón "El H" Hector
Beltrán había adoptado un perfil bajo, su captura significo el fin de
una dinastía en el narcotráfico en México quienes dirigieron alguna vez
considerado el único cártel que estaba al mismo nivel de sus antiguos
socios y posteriores enemigos del Cártel de Sinaloa, pero hasta ahora
no se puede decir que ya haya desaparecido, una nueva figura crece
dentro de los Beltrán Leyva que se ha hecho de las operaciones del
cártel y que tuvo las enseñanzas de los Tres Caballeros y que parece
seguir sus ideales, El Chapito Isido Fausto Meza que en los ultimos años
ya es clave en las operaciones de narcotrafico en Sinaloa al grado de
seguirle peleando la plaza al cartel de Sinaloa pero esa ya es otra
historia.
Héctor de Mauleón. Escritor y periodista. Entre sus libros: El tiempo repentino y Como nada en el mundo...